La nieve rosada, también conocida como nieve roja o “nieve sandía”, es un fenómeno natural tan llamativo como preocupante. Aunque su color resulta atractivo, especialistas advierten que acelera el deshielo en la Antártica y puede generar impactos negativos en ecosistemas frágiles de montaña y zonas polares.
Este fenómeno se produce por la proliferación de una microalga, en específico un organismo criofílico que prospera en ambientes helados. Su pigmento rojizo tiñe la nieve y reduce su capacidad de reflejar la radiación solar, provocando que el hielo absorba más calor.
Según explican especialistas la nieve rosada fue observada desde la Antigüedad, siendo Aristóteles quien la documentó en el siglo IV a.C. Exploradores y científicos del siglo XVIII y XIX también la registraron, hasta vincularla definitivamente con algas microscópicas.
Las consecuencias ambientales son relevantes: estudios indican que esta alga puede reducir el albedo de la nieve hasta en un 13%, acelerando el derretimiento y ampliando las zonas de hielo desnudo. Esto altera hábitats, intensifica el impacto del cambio climático y obliga a considerar este fenómeno en modelos climáticos futuros.